La historia
Sepultados a cientos de metros de profundidad en las aguas heladas del Atlántico Norte, el orgullo de la flota soviética se ha convertido en su ataud. Un fallo catastrófico ha silenciado los motores y devorado la red eléctrica, sumiendo el interior de la nave en oscuridad . Pero el frío polar no es la verdadera amenaza; en las entrañas del submarino, el núcleo del reactor nuclear ha comenzado a fundirse.
El Capitán mantiene una postura de acero ante el inminente holocausto nuclear y se ha volcado a encontrar una solución inmediata. A pocos metros, la oficial de comunicaciones traduce las lecturas de los dosímetros que confirman que la radiación ya está invadiendo los conductos de ventilación.
Moscú no va a responder. La única esperanza de evitar una detonación que desencadene el apocalipsis recae sobre las mesas de los ingenieros de control. Frente a ustedes, en la ceguera absoluta del compartimiento, se ha desplegado el sistema manual de purga de emergencia. Su misión es estabilizar el núcleo sellando las barras de control térmico antes de que la presión haga volar el submarino en pedazos.
Para lograrlo, recibirán una batería (platillo). Su paladar y su garganta serán los únicos termómetros disponibles. Deberán consumir los platillos en un orden estrictamente para simular el proceso de enfriamiento paulatino. Deberán catar, debatir y beber a ciegas. Si el orden es perfecto, el reactor se purgará y la salvación los cobijará. Pero si su instinto térmico falla e invierten la secuencia, el núcleo colapsará; el aullido ensordecedor de la alarma de radiación reventará en la sala, sentenciando a la tripulación a una muerte lenta y abrasadora.